Saliendo del túnel

Saliendo del túnel, lesiones, desmotivado triatlón superación

24 de septiembre de 2016 esa era la fecha que estaba grabada en mi mente durante más de un año.

El por qué, sencillo, ese sería el día elegido para convertirme en Finisher de una de las pruebas más duras del mundo: Triatlon de larga distancia o conocido más popularmente como Ironman.

Todo sería alegría, llegaría a la meta exhausto, cansado, con las lágrimas en los ojos, escuchando mi nombre por los altavoces mientras mi mujer, orgullosa de mí, me esperaba tras la meta.

Pero lo que no nunca imaginé era un pequeño gran detalle que lo cambiaría todo…

Era un domingo más, estaba empezando mi pretemporada particular después de una año de entrenos bastante duro.

8:30 de la mañana, había quedado con dos compañeros de fatiga para realizar  una ruta en principio bastante dura par mí, puesto que después de la inactividad de varias semanas y unido al aumento de peso, no estaba en las condiciones óptimas para aquella ruta, pero podía más mi mente que mi cuerpo.

Días antes ya me había dado varios avisos (me río yo ahora de todas esas frases que aparecen por Internet en plan: “todo está en la mente”, “vence a tu cuerpo”…)



A estos señores se les pasó decir frases como “escucha tu cuerpo”  o “no hay nada peor en el mundo que un tonto motivado”.

Pues allá iba, el último triatleta, con ritmo alegre y no hay que negarlo, buenas sensaciones, después de unos 40 km y casi 1000 de desnivel acumulado.

Empezamos a subir unas de las zonas más duras de la ruta.

Mi machacada pierna iba dando voces desesperadas y  desgarradoras de aquel trabajo repetitivo y machacador que su tirano jefe le estaba exigiendo.

Hasta que dijo basta, un fuerte pinchazo a la altura del vasto hizo que cambiara todo.

No podía ser, si estaba bien, tenía fuerzas y por qué ahora. Me preguntaba arrogantemente.

Pero como dicen: “la mente puede más que el cuerpo”.

El alocado jefe siguió a pensar de ese dolor constante en cada pedalada.

Nada ni nadie lo detendría en aquel súper importante y necesario entrenamiento de un domingo cualquiera de pretemporada.

El dolor iba en aumento, tanto, que jaleaba en voz baja para no delatar su situación a los compañeros, pero el rey abdicó, y antes de coronar la montaña dijo: “se acabó”.

Lamentablemente no era así, porque ya lo dice la física, todo lo que sube tiene que bajar y cuando uno va, tiene que volver después y vaya vuelta…

Pedaleando  con una pierna ,ya que la otra… estaba en estado crítico. La preocupación no era realmente la pierna, la preocupación real era que tenía que entrenar, ya que  en varios meses debía  cumplir el sueño (o cabezonería) de ser finisher de un Ironman.

Hice todo lo que pude para volver a tener la pierna en condiciones, masajes, estiramientos, descanso… pero siempre volvía ese resquemor constante, incipiente, y cansino que no me dejaba la mente en paz.

Llegó hasta tal punto que lo tenía durante todo el día y en todas las posiciones.

Los meses pasaban, y mis entrenamientos disminuían, me puse en manos de un especialista, la esperanza seguía y seguía hasta que llegó el día que lo tuve claro: Se acabó ser finisher, se acabó mi cabezonería.

Faltaba menos de mes y medio y no había cogido una bicicleta en 5 meses ni corrido más de 10 minutos.

Era evidente mi decisión. Sinceramente señores, fue un guantazo con la mano abierta.

Pasé de entrenar 6 días a la semana a nada en un cerrar y abrir de ojos.

Y fue cuando me vi superado, derrotado, primero por mi cuerpo y luego por mi mente.

La conclusión, tocado y hundido.

Dicen que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, pues ya sé lo valioso que es para mí el deporte, el poder salir a desfogar, y quitarte el stress de la vida, a desconectar durante una, dos, o las  horas  que sean en las cuales estás tú mismo y nadie más.

Han sido 10 meses muy malos, terribles.

Pero todavía me queda un largo camino, a pesar del tiempo, el dolor no ha desparecido, sigue latente, aunque algo en mi interior ha cambiado, vuelvo a coger la bicicleta pero muy poco a poco, vuelvo a correr pero con pequeños pasos e intento no ahogarme en la piscina que ya es mucho.

No sé cuánto tardaré, ni el esfuerzo que supondrá, pero estoy seguro que lo conseguiré porque no pierdo la esperanza de volver algún día, de volver a ser el último triatleta.

Continuará…