
Hay un instante, justo cuando metes la cabeza y el ruido del mundo se apaga de golpe, en el que solo se oyen tus burbujas. Ese instante es la razón por la que mucha gente sigue yendo a la piscina aunque no compita en nada.
Voy a ser honesto contigo desde la primera línea: nadar no cura la ansiedad. Lo que sí está bien respaldado es que el ejercicio regular reduce los síntomas de ansiedad y mejora el estado de ánimo, y la natación es una forma estupenda de hacer ese ejercicio. Son dos frases muy parecidas y significan cosas muy distintas.
Y antes de seguir, lo de siempre por aquí: soy maestro de Educación Física, no médico ni psicólogo. Esto es información general, no un tratamiento ni un sustituto de que te vea un profesional.
Qué está respaldado y qué se cuenta de más
Terreno firme hay bastante, y es este. La actividad física practicada de forma regular se asocia con menos síntomas de ansiedad y depresión, con mejor sueño y con mejor manejo del estrés, y eso se ha visto en muchísimos estudios y con distintos tipos de ejercicio.
Lo que se cuenta de más son los mecanismos. Vas a leer por ahí que nadar «repara las células del deterioro cerebral a nivel molecular» o que «libera proteínas que retienen las endorfinas en el cerebro». Ese tipo de frases suena a bata blanca. Y no significan gran cosa. La verdad es que los mecanismos exactos siguen discutiéndose, y no hace falta saberlos para aprovechar el efecto.
Tampoco he encontrado nada sólido que diga que la natación sea mejor que correr o que ir en bici para esto. Lo que sí tiene el agua son unas cuantas cosas prácticas que ayudan bastante, y de esas te puedo hablar con más confianza.
Qué tiene el agua que no tienen otros sitios
Piensa en la piscina como en un avión sin wifi. No es que el avión tenga propiedades curativas: es que ahí dentro nadie te puede escribir. La piscina es de los últimos sitios donde el móvil no llega, y para una cabeza que va a mil eso ya es media batalla ganada.
A eso le sumas tres cosas más:
- La respiración va pautada. No puedes respirar cuando te dé la gana, tienes que hacerlo cada dos o cada tres brazadas. Sin proponértelo estás haciendo respiración rítmica, que es la base de la mitad de los ejercicios de relajación que existen.
- Hay que contar. Largos, series, tiempos. Contar ocupa el mismo espacio mental que le estaban comiendo las preocupaciones.
- El cuerpo pesa menos. La flotación te quita carga de encima literalmente, y eso hace que gente con dolores o con muchos kilos de más pueda moverse a gusto donde en tierra no podría.
Yo he pasado un par de épocas malas y a mí me ha servido. No soy ni de lejos el único que lo cuenta. Eso es experiencia, no evidencia, y me parece importante distinguirlo. Pero es que tampoco necesitas un ensayo clínico para decidir si te encuentras mejor al salir del agua que al entrar.
Cómo montar una sesión pensada para calmarte
Una sesión para bajar revoluciones no se parece a una de entrenamiento. Es casi la contraria. Y este es el error que veo repetido: gente que se mete en el agua a hacer series duras buscando paz y sale más acelerada de lo que entró.
Prueba con esto:
- Sin reloj. Déjalo en la taquilla o tapa la pantalla. Si vas mirando el tiempo, has traído la oficina contigo.
- Nado continuo y largo, entre veinte y cuarenta minutos, a un ritmo en el que podrías mantener una conversación si el agua te dejara.
- Respira cada tres brazadas siempre que puedas. Alarga un poco la exhalación bajo el agua: es lo más parecido a un ejercicio de relajación que puedes hacer nadando.
- Cuenta algo. Brazadas por largo, largos por bloque, lo que sea. Dale a la cabeza una tarea aburrida y concreta.
- Termina suave, con un par de largos a espalda mirando al techo. Que el final no sea un sprint.
Y no lo dejes en un día suelto. Lo que aparece en los estudios es el efecto de la práctica regular, así que dos o tres días por semana durante unas cuantas semanas te va a decir mucho más que una sesión heroica el domingo. Si quieres estructura para esos días, te puede interesar lo que hay recogido en entrenamiento de natación.
Cuidado, que el agua también puede ponerte nervioso
Hay una cara B, y es esta. Para bastante gente el agua es justo lo contrario de un refugio, sobre todo en aguas abiertas: no ves el fondo, hay contacto, el neopreno aprieta en el cuello y a la mínima aparece esa sensación de no poder coger aire. En las salidas de triatlón popular pasa cada domingo.
Si te ha pasado, no eres raro ni cobarde. Lo que hay que hacer ahí es entrenarlo por partes: agua fría de forma progresiva, salidas acompañado, y la costumbre de girarse a espalda y respirar hasta que baje el pulso. Nadie ha abandonado nunca por pararse treinta segundos. Sobre trabajar la cabeza para esos ratos, te puede interesar lo que escribí sobre el entrenamiento mental en triatlón.
Cuándo esto no basta
Esta es la parte que no me quiero saltar, triloco, porque es la que de verdad importa. Nadar es una ayuda buenísima. Pero no es un tratamiento. Pide cita con tu médico o con un profesional de salud mental si te reconoces en alguna de estas:
- La ansiedad te dura semanas y te está impidiendo trabajar, dormir o relacionarte con normalidad.
- Tienes crisis de angustia: taquicardia, falta de aire, sensación de que te vas a morir.
- Estás evitando sitios o situaciones para no sentirte así.
- Te apoyas en el alcohol o en pastillas para llevarlo.
- Aparecen ideas de hacerte daño. Aquí no hay que esperar a nada: pide ayuda hoy mismo.
Y una cosa más, que también la he visto: si el deporte se te ha convertido en otra obligación con la que fallar, en una cuenta de kilómetros que te angustia, ese deporte ya no te está ayudando. Bájale las revoluciones y habla con alguien.
¿Cuánto hace que no te metes en el agua sin reloj y sin plan? Prueba esta semana, aunque sean veinte minutos. Si quieres más motivos para hacerlo, te puede interesar el repaso de por qué nadar es bueno para ti. ¡Nos vemos en los entrenos!


