Todavía tengo grabada la primera vez que salí a correr de noche con una camiseta negra, y lo cerca que me pasó aquel coche. Correr de noche no va de aguantar el frío: va de que te vean. El frío viene después, y es el problema fácil de los dos.
Y no es una manía mía, que además está escrito negro sobre blanco. El Reglamento General de Circulación, en su artículo 123, dice que el peatón que va por la calzada o por el arcén de una vía interurbana entre el ocaso y la salida del sol —o cuando la niebla y la lluvia se comen la visibilidad— tiene que llevar al menos un elemento luminoso o reflectante homologado que se vea a ciento cincuenta metros. Ciento cincuenta. Parecen un montón hasta que echas la cuenta: un coche a noventa por hora se come esos metros en unos seis segundos, y ahí dentro tiene que caber verte, entenderte y apartarse. Por debajo de eso ya no hay maniobra. Hay suerte.
El artículo anterior, el 122, te dice por dónde vas. Cuando no hay acera ni zona peatonal practicable, el peatón circula por el arcén izquierdo en el sentido de su marcha, o sea de frente a los coches, y lo más alejado que pueda del tráfico. Solo te pasas al lado derecho si hay una razón de seguridad que lo justifique, y haberlas haylas: una curva ciega larga hacia la izquierda, por ejemplo, donde te quedarías sin sitio al que saltar. Pero la regla general es esa. De frente los ves venir tú. De espaldas dependes de que te vean ellos, y a las siete y media de un martes de enero eso es un mal negocio, triloco.
Ahora, lo de «que te vean» tiene trampa, porque no todo lo que se ve de día se ve de noche. El amarillo flúor de tu camiseta funciona con luz de sol y al atardecer, que es cuando queda algo que le dé. A las nueve de la noche no lo ve nadie. Lo que funciona a esa hora es el material retrorreflectante, esas bandas grises apagadas que parecen no ser nada hasta que un faro las toca y de golpe se encienden como si tuvieran bombilla dentro. No la tienen. Hacen lo mismo que los ojos de gato de la carretera: te devuelven tu propia luz. Por eso una prenda flúor sin bandas reflectantes es media prenda. Y por eso el conjunto negro tan resultón es la peor idea del invierno.
Y hay un detalle que cambia muchísimo y no cuesta nada: dónde lo pones. Esto se ha estudiado bastante en investigación de seguridad vial, y lo que mejor funciona no es un rectángulo brillante quieto en el pecho, sino reflectantes en lo que se mueve: tobillos, muñecas, rodillas. Los conductores reconocen a una persona mucho antes y desde mucho más lejos cuando ven dos puntos subiendo y bajando al ritmo de una zancada. A ti te pasa en el súper, que reconoces a un amigo por cómo anda mucho antes de verle la cara y sin haberte dado cuenta de que lo estabas haciendo. Al cerebro le basta el movimiento. Así que si solo vas a comprar una cosa, que sean unas bandas de tobillo antes que otra camiseta.
Del frontal, lo de siempre: la gente compara lúmenes y los lúmenes son lo de menos. Lo que te importa es la forma del haz —uno ancho para ver dónde pisas, uno más largo para ver qué viene— y que no te baile en la cabeza, porque un frontal que cabecea te marea en diez minutos. Si corres por acera alumbrada, con poca cosa vas servido, y ahí el frontal está más para que te vean de frente que para ver tú. Si te metes por camino ya es otra historia, y ahí sí conviene elegir con cuidado: no compres uno leyendo esto, cómpralo con la comparativa delante. Te puede interesar lo que cuento en frontales para correr de noche, que va justo de por qué el número gordo de la caja no te dice casi nada.
De ropa te digo solo lo imprescindible, que da para su propio artículo y ya lo tiene en ropa de invierno para bici y para correr: vístete para el kilómetro tres y no para el portal, capas finas antes que una gorda, y abriga las esquinas —manos, orejas, cuello— que el cuerpo grande se calienta solo en cuanto arrancas. Y ojo con la vuelta, que el frío de verdad se coge parado en el portal, sudado, estirando. Entra y cámbiate, que ya estirarás dentro. Del resto del equipo, te puede interesar lo que tengo reunido en material para correr.
| Modelo | Para quién es |
|---|---|
| Bandas reflectantes de tobillo y muñecami elección | Para el que solo va a comprar una cosa. Van en lo que se mueve, que es donde más se notan. |
| Chaleco reflectante Salzmann 3M | Para llevarlo encima de lo que ya tengas, sin comprar ropa nueva. |
| Para que te vean por detrás en carretera o en una rotonda, colgada de la cintura o de la mochila. |
Bandas reflectantes de tobillo y muñeca
mi elecciónPara el que solo va a comprar una cosa. Van en lo que se mueve, que es donde más se notan.
Lo que hace bien
- Se ponen sobre cualquier ropa que ya tengas y no cambian nada de cómo corres
- Colocadas en tobillo y muñeca le dan al conductor el dibujo de una persona andando, no una mancha suelta
- Ocupan nada: caben en el bolsillo del pantalón corto y las llevas siempre encima
Lo que no
- Solo devuelven la luz que les llega: en un camino sin faros ni farolas no hacen absolutamente nada por ti
- No hay una marca de referencia en esto, así que la calidad del reflectante baila bastante de unas a otras
- Las elásticas se dan de sí con el uso y acaban girando sobre la manga
Chaleco reflectante Salzmann 3M
Para llevarlo encima de lo que ya tengas, sin comprar ropa nueva.
Lo que hace bien
- Se pone sobre cualquier capa y pesa lo que nada
- Las bandas son retrorreflectantes de verdad, no un flúor que solo funciona con luz de día
Lo que no
- No abriga absolutamente nada: es una capa más que ponerse y quitarse
- Si no lo ajustas bien aletea con el viento y termina molestando en el pecho
- Es un chaleco de obra, no una prenda de correr: no esperes que respire como tu camiseta

CatEye Viz 150
Para que te vean por detrás en carretera o en una rotonda, colgada de la cintura o de la mochila.
Lo que hace bien
- Se ve desde muy abierto, no solo desde justo detrás
- Se carga por USB-C y aguanta muchas salidas seguidas en los modos suaves
Lo que no
- Está pensada para la tija de una bici: el soporte que trae no es el ideal para la cinturilla y hay que buscarle sitio
- No alumbra el suelo: sirve para que te vean, no para ver tú
Aviso: los enlaces y las fotos de producto llevan a Amazon y son de afiliado. Si compras algo a través de ellos, a ti no te cuesta ni un céntimo más y a mí me llega una pequeña comisión que ayuda a mantener esto en pie. No pongo precios a propósito: cambian cada semana y prefiero que veas el de hoy, no el del día que escribí esto.
De noche vas más lento, y está bien que vayas más lento
Esto le sienta regular a mucha gente. No lees el suelo igual, la vista trabaja el doble y el frío tarda un rato en soltarte los gemelos. Si te empeñas en clavar el ritmo del reloj vas a acabar mirando la pantalla en vez del bordillo, y el bordillo es el que te tumba. Corre por sensación esos días. ¿Para qué quieres el ritmo clavado si no ves dónde estás pisando? Y si tenías series en el plan, hazlas en un sitio llano y alumbrado, aunque sea dando vueltas ridículas a la misma manzana: meter cambios de ritmo a oscuras por un camino con raíces es la forma más eficiente que conozco de perder tres semanas por un tobillo.
Lo último son cuatro costumbres tontas que valen mucho. Ruta conocida, que de noche cualquier sitio nuevo se hace raro. Que alguien de casa sepa por dónde vas. El móvil encima, aunque te moleste. Y si llevas auriculares, con un oído libre o con el volumen bajo, que el sonido que te tiene que preocupar es un motor acercándose por detrás. Y si acabas moviendo el entreno a primera hora para no llegar tan tarde a casa —que en invierno también sales a oscuras, ojo—, ahí te cuento las ventajas y las pegas en correr por la mañana.
Con eso ya está. Un frontal, algo que devuelva la luz en los tobillos, ir de frente al tráfico y salir del portal con un poco de frío. ¡Nos vemos en los entrenos!


