Te confieso una cosa: en Navidad yo también me pongo morado. Y da igual, porque dos semanas de comilonas no tiran once meses de trabajo. Lo que sí pasa factura es otra cosa, y llega en enero, cuando intentas arreglarlo todo de golpe.
Vamos a ordenar esto, que cada diciembre veo a la misma gente amargada en la mesa contando almendras mientras el resto brinda.
Lo primero: haz las cuentas y relájate
El cuerpo no lleva la contabilidad por días. La lleva por semanas y por meses. Una cena de Nochebuena no cambia nada. Lo que cambia algo es encadenar tres semanas de comer de más y de no moverte, que son dos cosas distintas y suelen ir juntas por pereza, no por obligación.
Es la cuenta del banco: un capricho un sábado no te descuadra el mes. Lo que te descuadra el mes es dejar de mirar la cuenta durante veinte días seguidos.
Así que el objetivo de diciembre no es «no engordar». El objetivo es llegar al 7 de enero moviéndote todavía, con el hábito intacto. Si eso lo consigues, el resto se recoloca solo en tres semanas. ¿Sabes cuál es la diferencia real entre quien vuelve bien y quien vuelve fatal? No es lo que comió. Es cuántos días seguidos estuvo sin hacer absolutamente nada.
Entrenos cortos, que es lo único que te va a caber
En diciembre no tienes hueco para la salida de tres horas. Y forzarla no arregla nada: llegas tarde a la comida y de mal humor. Cambia el chip: sesiones cortas e intensas, que caben en cuarenta minutos con ducha incluida.
Un formato que funciona muy bien: calientas diez minutos, haces cuatro o seis repeticiones de entre treinta segundos y un minuto fuerte, con dos o tres minutos suaves entre medias, y vuelves a casa. Hay bastante literatura apuntando a que este tipo de sesiones tan cortas se acercan, en algunas adaptaciones, a sesiones moderadas mucho más largas. No las igualan en todo ni sustituyen al volumen del resto del año, pero para dos semanas de excepción son justo lo que necesitas.
Si te resulta más fácil salir a primera hora antes de que empiece el jaleo del día, eso además te quita la excusa de la tarde. Lo tengo contado en correr por la mañana sin que te cueste, y en Navidad es cuando más sentido tiene: a las ocho de la mañana del 26 de diciembre no hay ningún compromiso esperándote.
La mesa: lo que sí importa y lo que es cuento
¿Empezamos por el cuento? Que me gusta más. Eso de que las calorías de la noche engordan más que las del mediodía es bastante flojo: lo que manda es el total de la semana, no la hora del reloj. Comer después de entrenar sí tiene una ventaja real —rellenas el depósito de glucógeno cuando el músculo está más receptivo—, pero no convierte el turrón en lechuga. Si alguien te vende que hay una hora mágica, desconfía.
Lo que sí funciona, y es de sentido común más que de fisiología:
- No llegues con hambre a la cena. Es la más útil de todas y la que nadie hace. Comer algo decente a media tarde te quita la mitad del picoteo. Ir con el estómago vacío al supermercado el 24 por la mañana es todavía peor: sales con el carro lleno de cosas que ni querías.
- El alcohol es el que te sale caro de verdad. No por lo que aporta —que también—, sino porque te estropea el sueño y la recuperación de los días siguientes. Si mañana quieres entrenar, hoy la copa de más es una decisión sobre mañana.
- Agua, y bastante. Sobre todo si has bebido alcohol. Y si al día siguiente te toca salir, entrenas deshidratado y te va a parecer que has perdido la forma en una noche. No la has perdido, es el agua.
- Come turrón. En serio. La restricción total en Navidad acaba casi siempre en un atracón el día 30 y en la sensación de haberlo estropeado todo, que es lo que de verdad hace que la gente abandone en enero.
Y si quieres poner números a lo que gastas en esos entrenos cortos en lugar de imaginártelo, ahí tienes la calculadora de calorías corriendo. Te puede interesar también, si andas mirando la alimentación con más calma que un fin de semana, la guía de nutrición para triatlón.
Y ahora la parte que de verdad importa: enero
Aquí es donde se rompe la gente, triloco. No el 25 de diciembre. El 7 de enero.
Llegas con la sensación de haberte pasado, te sientes culpable y decides compensarlo con una semana bestia. Doble sesión, tirada larga el primer domingo y el propósito de no probar el pan hasta marzo. Y en tres semanas tienes una tendinitis, un catarro que no se va o unas ganas de nada que no te explicas.
Vuelve como se vuelve de cualquier parón: por debajo de donde lo dejaste, subiendo poco a poco y sin castigo. La pretemporada tiene su propio ritmo y no empieza a tope el día 7. Y si notas que la vuelta te cuesta más de lo normal durante semanas, no es el turrón: eso ya es otra cosa y lo tienes en sobreentrenamiento en triatlón.
Diciembre es para la gente que te aguanta el resto del año los domingos por la mañana. Ese también es entrenamiento, aunque no salga en el reloj.
¡Felices fiestas, y nos vemos en los entrenos!

