El triatleta perfecto no existe, y no lo digo como consuelo: lo que te hace ir rápido en el agua te estorba corriendo, y al revés. En el voleibol o en el baloncesto sí hay un molde bastante claro y todo el mundo lo sabe. En triatlón no lo hay, porque cada segmento tira del cuerpo en una dirección distinta y hay que repartirse entre las tres. Y repartirse sale caro.
Piénsalo un momento con algo de casa. Es como elegir un coche que tenga que ganar una carrera de velocidad, remolcar una caravana y aparcar en un garaje pequeño el mismo día. Cualquier cosa que hagas para mejorar una de las tres cosas te penaliza en otra, así que lo que sale no es el coche óptimo para nada, sino el que menos pierde en el conjunto.
En el agua, ser alto y de brazos largos ayuda. Flotas mejor si tienes algo más de grasa, agarras más agua en cada brazada y te cuesta menos avanzar por la posición del cuerpo, que en natación lo es casi todo. En la bici la cosa se vuelve ambigua: importa la potencia que puedas sostener en relación con lo que pesas, y ahí un cuerpo grande genera más vatios pero tiene más área de frente al viento. Y corriendo la balanza se inclina del todo, porque cada kilómetro te obliga a levantar tu propio peso miles de veces y todo lo que llevas encima se paga. Por eso el nadador ideal y el corredor ideal no se parecen en nada. Ni de lejos.
Los números de la élite lo enseñan bastante bien. En los recuentos antropométricos que se publicaron de los triatletas olímpicos de Río 2016, la media de las mujeres rondaba el metro setenta y tres y la de los hombres el metro ochenta y seis, pero la media aquí no dice gran cosa porque la dispersión es enorme. Jan Frodeno, que ganó lo que quiso hasta que se retiró en 2023, mide alrededor de un metro noventa y cuatro. En esas mismas listas hay campeones de circuito olímpico que no llegan al metro setenta. Los dos extremos ganaron carreras.
Y aquí es donde el tema se pone serio, así que te lo digo sin adornos. Circula mucho el dato de que los triatletas de élite masculinos andan por un porcentaje de grasa corporal de un cuatro a un seis por ciento y las mujeres entre un diez y un doce. Puede que en algún atleta y en un momento muy concreto de la temporada sea cierto, pero esas cifras están pegadas a lo que se considera grasa esencial (la que el cuerpo necesita para funcionar) y perseguirlas es la vía más rápida a la deficiencia energética relativa en el deporte, ese cuadro que el Comité Olímpico Internacional lleva años describiendo y que se lleva por delante los huesos, las hormonas, el sistema inmune y, con una ironía notable, el rendimiento. Eso te frena, no te acelera. Yo soy maestro de Educación Física, no dietista, así que aquí no voy a darte pautas: si te estás planteando bajar de peso para competir, eso lo lleva un sanitario contigo delante.
Dicho lo cual, ¿qué comparten los que sí van rápido? Tres cosas, y ninguna es una medida corporal. La primera es que aguantan mucha carga sin romperse, que no es lo mismo que entrenar mucho: es entrenar mucho durante años seguidos. La segunda es que no tienen un agujero enorme. Casi todos vienen de una disciplina, sí, pero han trabajado la que peor se les daba hasta que dejó de costarles carreras. Justo la que menos apetece. Y la tercera es la técnica en el agua, que es donde un cuerpo mediocre bien colocado le saca minutos a un cuerpo estupendo mal colocado.
Esa segunda idea es la que te puedes llevar a tu semana mañana mismo, triloco. Tu peor disciplina te quita más tiempo del que te da la mejor, y sin embargo casi todos entrenamos más lo que se nos da bien porque es lo que apetece. Si nadas fatal y en un olímpico pierdes tres minutos en el agua, esos tres minutos no los recuperas corriendo aunque corras muy bien, porque para recuperarlos tendrías que correr a un ritmo que no sostienes. Ponle números a tu carrera con la calculadora de tiempo de triatlón y mira dónde se te va el rato de verdad.
Para la parte de natación, medir tu ritmo crítico con la calculadora de CSS te da un punto de partida honesto, que es mejor que la sensación del día. Y si vienes del atletismo o del ciclismo y te preguntas cuánto te va a servir lo que ya traes, en corredor y triatleta está la comparación con calma.
Queda una cosa más y es la que menos gusta escuchar: el cuerpo con el que empiezas no es el que vas a tener dentro de tres temporadas. El triatlón cambia mucho a la gente, sobre todo por el volumen de natación, y esos cambios no llegan en seis semanas ni con un plan de choque. Llegan despacio. Llegan de aparecer un montón de veces. Te puede interesar pasarte por encuentra tu plan si lo que buscas es empezar por algo estructurado, o por el triatlón más corto si todavía estás decidiendo distancia.
Así que no, no hay triatleta perfecto ni lo va a haber. Hay gente que se conoce, que sabe cuál es su punto flojo y que se pone con él aunque sea el entreno que menos le apetece de la semana. Con eso llegas mucho más lejos que con unas medidas de catálogo. Ahí está la diferencia.
¡Nos vemos en los entrenos!


