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¿Por qué haces triatlón? La respuesta que no damos en las cenas

Nadie se levanta a las seis de la mañana un domingo de enero por el colesterol. Las razones lógicas no sostienen a nadie: las que aguantan son las otras, y merece la pena saber cuál es la tuya.

Actualizado el El Último Triatleta · publicado originalmente en · 6 min de lectura
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No haces triatlón por salud. Esa es la respuesta que damos en las cenas y es la primera que se cae en cuanto la aprietas dos minutos. Nadie se levanta a las seis y media un domingo de enero por el colesterol.

Voy a ser franco contigo en este artículo y te voy a pedir que tú lo seas conmigo, aunque sea en silencio y sin contárselo a nadie. Llevo muchos años entrenando y rodeado de trilocos de todas las edades y de todos los niveles, y he oído la respuesta de manual tantas veces que ya la detecto por el tono antes que por las palabras. «Para cuidarme.» «Para desconectar.» «Por dar buen ejemplo en casa.» Ya, ya. ¿Y por qué en vez de eso no te vas a andar cuarenta minutos y te ahorras el despertador, el neopreno mojado y las tres horas de bici de los sábados?

Que conste: esas razones son verdad. Mejoras el corazón, duermes mejor, sueltas el estrés de la semana y tus hijos te ven salir con la bici. Todo eso pasa y está muy bien. Lo que digo es otra cosa: que ninguna de ellas explica el comportamiento. Nadar, montar y correr una docena de horas a la semana con el único fin de estar sano es como comprarse una casa entera porque te gustaba el felpudo. No cuadran las cuentas.

Lo que sí las cuadra es lo otro. Lo que da un poco de apuro decir en una cena. Haces triatlón para demostrarte algo a ti mismo, y muy probablemente también para demostrárselo a alguien más. Para saber cuánto aguantas. Para comprobar que a los cuarenta y tantos el cuerpo todavía responde. Para llegar a la meta y que la persona que estaba en aquella otra época de tu vida lo vea, aunque no esté allí. Para ponerte la camiseta de una prueba en el súper y que alguien la mire. Para poder decir en una cena, sin que suene a fanfarronada pero que suene, que has hecho un Ironman.

Y otras que dan aún más apuro. Porque quieres comer lo que te dé la gana sin que te pese, y has encontrado un deporte en el que pasarse es aceptable y hasta te aplauden. Porque te gusta cómo te queda la ropa. Porque tu vecino lo hizo el año pasado y no vas tú a ser menos. Porque hiciste uno, solo uno, y te absorbió el remolino y ya llevas siete. Porque tus amigos están todos ahí y quitarte el triatlón sería quitarte también el grupo de los sábados y las cañas de después. Porque correr solo te aburre mortalmente y esto tiene tres cosas distintas que hacer.

Ninguna de esas queda bonita. ¡Todas son ciertas, y son exactamente las que te sacan de la cama a las seis!

Te puede interesar, ya que estamos con la sinceridad: ¿existe el triatleta perfecto?, que va de lo mismo por otro camino, el de compararse con el de al lado.

Ahora bien, aquí me toca frenar y decirte una cosa antes de que suene a ley científica. No tengo un estudio que demuestre que la gente con motivaciones irracionales rinde más que la que las tiene lógicas. Es lo que veo después de muchos años y de muchas conversaciones en el aparcamiento después de una carrera, y es lo que me pasa a mí. Tómalo como lo que es: la observación de un maestro de Educación Física que lleva media vida en esto, no un dato de laboratorio. Lo que sí tengo bastante claro, y esto lo firma cualquiera que haya entrenado a alguien, es que la motivación lógica no aguanta un febrero lluvioso. La otra sí.

¿Cómo encuentras la tuya? Con una técnica de una simpleza que da hasta risa: preguntarte «¿por qué?» cinco veces seguidas, y no aceptarte la primera respuesta. Va un ejemplo real, de los que salen siempre.

«¿Por qué hago triatlón?» Para sentirme mejor. «¿Y por qué quiero sentirme mejor?» Porque llego a casa con mal cuerpo y salto a la primera. «¿Y por qué me importa eso?» Porque no quiero que mis hijos se acuerden de mí como el padre que estaba siempre de mal humor. Ahí. ¡Ahí está! Fíjate en el viaje, triloco: hemos salido de un tópico de folleto de gimnasio y en tres preguntas hemos llegado a un miedo concreto, con nombre y apellidos, que sí te levanta un martes a las seis. Ese es tu porqué, y no se parece nada al que ibas a poner si te lo preguntan de golpe.

Y si te oyes empezar la respuesta con un «bueno, es que…», tira otra vez, que ahí todavía no has llegado. Sigue hasta que lo que salga te dé un poco de vergüenza o te haga un nudo en la garganta. Esa es la señal. Si la respuesta final te suena bien y quedaría estupenda en una camiseta, no has llegado: te has parado antes.

Y ahora la parte que el artículo que había aquí no contaba, y que a mí me parece que hay que contar. Los porqués irracionales tiran mucho, y por eso mismo algunos tiran hacia donde no conviene. Entrenar para castigarte por lo que has comido no es un porqué, es un problema. Entrenar con fiebre porque el plan lo decía. Ir a la carrera con una lesión a medio curar porque ya habías pagado la inscripción y se lo habías dicho a todo el mundo. Medir tu valor como persona por el tiempo que has hecho en el 70.3. Si al hacerte las cinco preguntas la respuesta que sale es de ese estilo, párate ahí y habla de ello con alguien: con quien vive contigo, o con un profesional si la cosa lleva tiempo instalada. Un porqué que te empuja está bien. Un porqué que te empuja por un precipicio, no. Yo soy maestro de Educación Física y triatleta, y en ese terreno no tengo nada más que decirte, salvo que no te lo guardes.

Hay otro sitio donde esto se ve con una claridad tremenda: cuando tienes un hijo pequeño metido en el deporte. Ahí el porqué del niño y el porqué del padre se mezclan y a veces se confunden, y conviene tenerlos separados. Te puede interesar qué necesita saber tu hijo para su primer triatlón, que va de eso mismo por el lado práctico.

Un apunte más y termino con la parte incómoda. Este deporte pide horas y pide material, y las dos cosas se pagan. Las horas se le quitan a alguien, normalmente a la gente de tu casa, y eso conviene tenerlo mirado de frente y hablado, no dado por hecho. Si tu porqué es lo bastante bueno, la conversación se sostiene. Si no lo es, la conversación se pospone durante años hasta que estalla. Sobre la otra parte, la de las horas y lo que arrastra alrededor, escribí cuánto cuesta ser triatleta.

¿Y el mío? Ya que soy yo el que va preguntando, es justo que lo suelte. El mío no tiene nada de heroico: no me apetece absolutamente nada ser el maestro de Educación Física que se queda sin aire antes que sus alumnos. Ese es el miedo, así de pequeño y así de tonto, y llevo años funcionando con él. No lo pondría en una camiseta ni de broma, ¡pero funciona los lunes por la mañana, que es cuando hay que funcionar!

Si nunca te lo has planteado, dedícale diez minutos hoy, triloco. No hay respuesta correcta ni incorrecta, y nadie te va a corregir. Solo hay respuestas honestas y respuestas de escaparate, y las de escaparate no te van a servir de nada en la semana catorce de un plan de veinte. Por cierto, si andas justo en ese punto de elegir a qué te apuntas y con cuánto tiempo, en encuentra tu plan está la parte logística; esta de aquí es la otra mitad, y en mi experiencia la que más decide quién llega.

Yo ya te he dicho el mío, trilocos. El tuyo escríbelo en un papel, dóblalo y guárdalo en el cajón de los calcetines, que es donde se guardan de verdad las cosas importantes. El día que no quieras salir, lo sacas y lo lees. ¡Nos vemos en los entrenos!

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