Kilómetro 35 de tu último maratón, jurando por lo más sagrado que esto no lo repites. Tres semanas después estás mirando dorsales del otoño. No te falta un tornillo: tu recuerdo del dolor se encoge, y hay gente que se ha molestado en medir cuánto.
El grupo que más ha trabajado esto es el de Przemysław Bąbel, en el Instituto de Psicología de la Universidad Jagellónica de Cracovia. Empezaron con un trabajo publicado en la revista Memory en 2016, con sesenta y dos corredores de maratón: les preguntaron nada más cruzar la meta cuánto les había dolido y cuánto de desagradable les había resultado, y volvieron a preguntárselo tres o seis meses después. Los dos recuerdos salieron por debajo de lo que habían declarado en meta. Daba igual el retraso: infravaloraban.
Hasta ahí, la historia que todos hemos oído. Lo interesante viene en el segundo estudio, el de 2018, publicado en el European Journal of Pain, con 127 corredores. Este preguntaba lo mismo, pero a la semana o al mes, y añadía una pregunta que cambia el cuento entero: ¿te duele algo ahora, mientras recuerdas?
Y el resultado fue que infravaloraban el dolor del maratón solo si en ese momento no les dolía nada. A los que sí les dolía algo al recordarlo, no. A la semana el efecto se quedó en tendencia, sin llegar a ser significativo; al mes ya sí lo era. Los propios autores concluyen que el dolor presente durante el recuerdo hace de mediador: tu estado de hoy le pone el color al recuerdo de aquel día.
Piénsalo con el álbum de fotos del verano. Nadie fotografía las cuatro horas de atasco de la ida, ni la discusión por el aparcamiento, ni la noche que no dormiste por el calor. Fotografías la playa. Y cuando en enero abres las fotos, el verano fue estupendo, porque el material con el que reconstruyes el verano son las fotos que hiciste. Tu memoria del maratón funciona igual de tramposa, con una diferencia: si el día que abres el álbum estás de bajón, hasta las fotos de la playa te salen grises.
Hay dos trabajos más que conviene conocer. En 2022, en el Journal of Pain Research, un equipo brasileño y polaco preguntó a 108 corredores en la línea de meta y localizó a 58 de ellos seis meses más tarde: el dolor recordado fue menor que el vivido, con un tamaño de efecto moderado. Y ese mismo año, otro trabajo del grupo de Cracovia con 49 corredores de media maratón de montaña encontró algo que a mí me parece lo más útil de todo esto: lo que esperabas que doliera antes de salir influye en lo que acabas sintiendo, y lo que sentiste el año pasado influye en lo que esperas este. El recuerdo no es solo una consecuencia de la carrera, sino que también es una causa de la siguiente.
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Hay una explicación bonita dando vueltas por ahí, la de la oxitocina, que propone que el parto y el maratón se recuerdan mejor de lo que fueron porque en ambos anda metida la misma hormona. Me encantaría contártela como un hecho. No puedo: se publicó en 2019 en Medical Hypotheses, que es una revista de hipótesis, y los propios autores la presentan como una propuesta. O sea, una idea que alguien tendrá que ir a comprobar. Me la creo a medias y te la cuento entera, que para eso estamos.
Y aquí va el matiz que ninguno de estos estudios sostiene, aunque todos los artículos lo dan por bueno: ninguno demuestra que te apuntes a otra carrera por eso. Midieron el recuerdo del dolor, no las inscripciones. Que la industria del maratón crezca porque se nos olvida es una historia estupenda y de momento es solo eso, una historia. Yo me la creo. No es lo mismo creérsela que haberlo demostrado.
Ahora la parte práctica, que es por lo que has entrado. Si tu memoria del sufrimiento se encoge, tú tomas decisiones con una versión rebajada de lo que pasó, y eso tiene dos consecuencias muy concretas. La primera: te vas a inscribir. Perfecto, adelante, para eso estamos aquí. La segunda es la peligrosa, y es que además vas a infravalorar la preparación. Si no recuerdas lo que dolió el 35, tampoco recuerdas lo mal que se pasa cuando has entrenado a medias, y ahí es donde llegan los planes de ocho semanas hechos con optimismo.
Lo que yo hago es tramposo y funciona: escribir cuatro líneas el mismo día de la carrera, todavía con el chip puesto. Qué dolía, desde qué kilómetro, qué comí, qué falló. Cuatro líneas en el móvil. Cuando en noviembre abres eso, no lees tu recuerdo, lees el parte de aquel día… y ahí ya no hay álbum de fotos que valga. La memoria retoca, triloco; una nota tomada en caliente, no.
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Hay otra manera de entrenar esto, y la traía el artículo original. La tienes cada vez que haces series. Pon cinco por mil con noventa segundos de recuperación: en los últimos treinta segundos del tercero te quieres morir, y minuto y medio después, en la salida del cuarto, ya no consigues reconstruir del todo lo mal que estabas. Está pasando en dos minutos lo que en el maratón te pasa en dos meses. Aprovecha para fijarte: ¿cuánto de lo que sentiste hace dos minutos eres capaz de recuperar ahora mismo? Ese hueco entre lo que fue y lo que recuerdas es exactamente el objeto de estudio de los polacos, y lo tienes gratis todos los martes.
Sobre la famosa frase que le atribuyen a Lance Armstrong, esa de que el dolor es temporal y que si abandonas dura para siempre: es buenísima como frase y el que la firmaba se dopaba hasta las cejas, así que tómala como lo que es, publicidad. Lo que sí duró para siempre fue lo otro, jejeje.
Todo esto de aguantar tiene un límite, y me daría apuro escribir sobre sufrimiento sin decirlo. El malestar de esforzarte sube, baja y se olvida. Con un dolor hay cuatro preguntas que lo cambian todo: ¿apareció de golpe?, ¿lo puedes señalar con un dedo?, ¿te ha cambiado la zancada?, ¿seguía ahí esta mañana mientras te hacías el café? Si a alguna respondes que sí, eso no se entrena ni se recuerda a la baja: se mira, y si dura, se mira con un profesional. Esa frontera es la única de este artículo que no se negocia, y la marco desde donde puedo marcarla, con un título de maestro de Educación Física en el cajón y ninguno de Medicina.
Ahora piensa en tu primera carrera larga. La de verdad, la primera. ¿Qué te queda de ella? Yo de mi primer maratón recuerdo que me sentí genial, y de mis primeros cien kilómetros y pico recuerdo una piedra en la zapatilla. Nada más. Las dos fueron durísimas y las dos se han quedado en un par de imágenes buenas y un detalle tonto. Así estamos hechos, y menos mal. ¡Nos vemos en los entrenos!


