¿Por qué hay entrenamientos que haces enteros y no te dejan nada? Casi siempre por una de estas tres cosas, y ninguna tiene que ver con las piernas. Se cumplió el tiempo y se cumplieron los kilómetros, pero la sesión valió la mitad de lo que podía valer.
Si andas justo de tiempo —y la mayoría de nosotros lo estamos—, eso duele el doble. No es que te falte una hora libre: es que la hora libre que tenías no rindió. Y eso escuece más.
El móvil que llevas en la muñeca
Casi cualquier reloj de los que se venden hoy te pasa las notificaciones del teléfono. Suena inofensivo hasta que estás a mitad de una serie, te vibra la muñeca y bajas la vista pensando que es el aviso del intervalo. Y no lo es, que es el grupo del club discutiendo por la ruta del domingo.
Lo peor no es el segundo que pierdes mirando: es que ya te has enterado de que hay algo, y a partir de ahí una parte de tu cabeza se queda allí en lugar de estar en la brazada o en el pie que apoyas. Vas a seguir corriendo, sí, pero corriendo distraído.
Desactívalas mientras entrenas. Casi todos los relojes traen la opción de silenciarlas solo durante la actividad, o sea que no te pierdes nada del resto del día, y si el tuyo no la trae dejas el móvil en modo avión y listo. Se tarda diez segundos. Te puede interesar cómo dejar el reloj a tu gusto en un rato, que lo cuento en cómo configurar la pantalla de tu reloj GPS; ahí van también las notificaciones.
Y sí, alguna vez esperas una llamada de verdad: se deja el sonido de llamadas y se apaga todo lo demás. Eso no es llevar las redes encima.
Salir sin lo que hacía falta
Las veces que me he plantado en la piscina sin bañador o sin chanclas ya ni las cuento. Y la de la salida larga en bici sin nada de comida encima, que a las dos horas y media se me convirtió en un paseo de vuelta arrastrando los pies.
Es la lista de la compra que te dejas en la encimera: te acuerdas de todo menos de lo que ibas a comprar de verdad, y vuelves con bolsas y sin cena. Aquí igual: el entreno estaba y el tiempo estaba. Faltaba una barrita.
La solución no tiene ningún misterio, triloco: se prepara la noche antes y se cubren tres momentos, no uno.
- Antes: lo que te vas a poner y lo que vas a desayunar. Si sales pronto, esto se deja hecho.
- Durante: agua, comida y las herramientas de la bici. Cámara, desmontables y bomba, que ese trío se olvida junto.
- Después: ropa seca, la toalla y algo que llevarte a la boca en la primera media hora.
Para las salidas de más de dos horas conviene tener las cuentas hechas antes de salir en vez de improvisar a mitad: en la calculadora de nutrición te salen los hidratos por hora y en la de hidratación, lo que te toca beber. Cinco minutos, y te ahorras la sesión.
Cuando entrenar se convierte en un recado
Hay un momento en el que el entrenamiento pasa de «quiero salir» a «tengo que salir». Y ese cambio se nota en la sesión: sales con prisa, la haces mirando el reloj y vuelves sin acordarte de nada de lo que ha pasado ahí fuera.
Si te dura una semana suelta, no pasa nada, que es una semana mala y todo el mundo las tiene. Lo que hay que mirar de reojo es cuando se estira. Si llevas un mes sin ganas de nada, duermes mal, el pulso en reposo te ha subido y los entrenos que antes hacías dormido ahora te cuestan un mundo, no es que te hayas vuelto vago, y de eso hablo largo en el artículo sobre sobreentrenamiento. Eso no lo arregla el descanso del domingo. Yo soy maestro de Educación Física y no médico, así que si además tienes síntomas que no se van con el descanso —el pulso disparado, mareos, perder peso sin buscarlo—, eso lo mira un profesional y no un artículo.
Y ayuda mucho tener un plan que te diga qué toca hoy, para no gastar energía decidiéndolo cada mañana. Ahí están los planes de entrenamiento por si andas dando palos de ciego, y el material por si lo que te frena es que se te ha quedado algo viejo.
De las tres, la que más entrenamientos se lleva por delante es la segunda, y es la única que se arregla entera la noche anterior. Prepara mañana el macuto antes de acostarte y comprueba una cosa concreta: que dentro está lo que vas a comer y lo que vas a beber. Es lo primero que se olvida. Y lo único que no se improvisa a mitad de camino.

